20110227

El Cometa X: Nube de asteroides

Nunca pensaste que rastrear un cuerpo celeste sería tan complicado. Sabías que sería desgastante, pero has llegado al punto en que se ha vuelto frustrante. Casi deprimente. Mientras flotas a la deriva, recuerdas las palabras que leíste en el diario de Andoni. Recuerdas también su destino final. Sigues dispuesto a correr cualquier riesgo, lo estás corriendo en este momento. Aún así, un inesperado pesimismo se ha instalado con sigilo en tu ánimo, y no puedes evitar pensar en lo que se convertirá tu vida en el futuro. Piensas en cada consecuencia, en cada posibilidad, ya sea que tengas éxito en tu misión o que fracases rotundamente. Tratas de no engañarte: la verdad es que tienes miedo de ambas situaciones. Cada estrella que dejas atrás se convierte en una pregunta, en una pequeña duda. Poco a poco, se van amontonando hasta formar constelaciones difusas. Otras se aglutinan en galaxias tan grandes como tu incertidumbre o tu optimismo, y chocan entre sí. Se funden. Se desvanecen en la oscuridad del vacío que te rodea.

¿Y qué si nunca logras tu objetivo? Te quedarás con un sabor muy amargo en tu boca, cubierto a medias por la idea de que nunca te rendiste. Pero entonces ¿qué sentido habrán tenido tantos años de investigación? ¿para qué arriesgar tu amistad con Nikolai Grund con tantas y tan intensas discusiones? ¿es que acaso has desperdiciado la mitad de tu vida en una empresa destinada a la perdición? Tal vez el Dr. Glück tenga razón. Tal vez ese 1% de probabilidad de éxito es lo que alimenta tu emoción tanto como tu obstinación. Y eso es lo que te asusta: el hecho de poner todos tus esfuerzos en un suceso tan poco probable... pero probable, al fin. Esta última conclusión resulta como un iceberg contra el que casi chocan tu experiencia y tu lógica. Entonces sigues. Sigues. Sigues.

Pero existe también el otro escenario. Esa remota casualidad por la que has viajado tantos años luz que ya perdiste la cuenta. Si llegara a cumplirse tu deseo, ya no de alcanzarlo, sino de siquiera encontrar el rastro del cometa... en realidad, no sabes qué harías. Te atormentas pensando en cómo vas a reaccionar en el momento en que tengas al destino frente a ti, llamándote por tu nombre. Todo cambiaría de un modo que no conoces. Claro que has planteado experimentos, desarrollado teorías, enlistado planes de acción para llevarlos a cabo en caso de tan afortunado acontecimiento. Sin embargo, sólo hay algo definitivo en todo aquello que has imaginado para lidiar con tal evento: es muy probable que ningún experimento arroje resultados concretos, que todas tus teorías estén equivocadas o sean imposibles de comprobar, que ninguno de tus planes pueda aplicarse satisfactoriamente. En pocas palabras, no hay en ti el más mínimo atisbo de certeza.

Cuando despiertas cada mañana (o la idea de "mañana" que tiene tu reloj biológico), lo primero que haces es intentar recordar lo que has soñado, porque crees que sólo en tus sueños podrás estar cerca de tu objetivo, y sólo ahí encontrarás el camino que ponga fin a tu búsqueda. Tratas de recrear lo sucedido esa noche lejana en el monte Yume, pero ha pasado tanto tiempo que las respuestas cada vez parecen más difíciles de hallar. Todas las imágenes son borrosas; sólo alcanzas a distinguir un brillo cegador acompañado de voces coreando un nombre: el nombre de tu cometa. Las horas pasan imperceptiblemente, tal como los miles de kilómetros de espacio alrededor del Stardust 906, que lleva semanas flotando sin rumbo fijo en busca de un planeta en donde establecerse. Eso es otro problema. Tus cálculos no estaban tan errados, puesto que las provisiones no durarán demasiado tiempo más. Quizá, siendo optimistas, una semana. Necesitas encontrar un planeta, o tal vez un asteroide, y necesitas hacerlo ya. A este paso, todas las interrogantes en tu cabeza desaparecerán tan fácilmente como surgieron y, dentro de unos días, darán lugar al hambre. Ciertamente sería un final muy triste, que no estás dispuesto a esperar.

Te asomas por una escotilla de observación. Nada. Tan sólo oscuridad absoluta alimentándose de tus esperanzas. Sales de la cabina de mando y te diriges a los andenes de descarga. Caminas entre cenizas, escombros y cadáveres de la antigua tripulación. Piensas que pronto te unirás a ellos. Agotado a causa de tan lúgubres ocurrencias, te detienes y te sientas en el suelo. Recargas tu espalda contra una columna y alzas la mirada hacia la cubierta, unos treinta metros sobre tu cabeza. Sin mayor intención que entretener tu mente, la examinas. El material con el que está fabricada parece muy resistente, tal vez sea una aleación de cristal, plástico y partículas de metal. Cada uno de sus segmentos está intercalado con enormes vigas que corren a lo largo, todas ellas aparentemente sólidas, pero cuya composición no alcanzas a descifrar. Aunque no puedes negar que la vista hacia el exterior es espectacular, tampoco te sientes demasiado protegido. No te cabe duda que la gente del capitán Andoni le daba mucho valor a lo decorativo, pues fuera de eso, no encuentras justificación alguna para sacrificar la funcionalidad de una techumbre hecha puramente de titanio.

Estás a punto de sumergirte en la nostalgia por tu planeta, cuando un extraño sonido apagado interrumpe tus cavilaciones. ¡Clink! ¿De dónde podrá venir? ¡Clink! Giras la cabeza buscando por un lado, luego por el otro. ¡Clink, clink! Ahí está otra vez. ¡Clink, clink, clink! Se hace cada vez más frecuente. ¡Clink, clink! Viene de arriba, ya no hay duda. ¡Clink, clink, clink! Si no estuvieras en el espacio exterior, jurarías que estás escuchando granizo al caer sobre tu ventana, mirando cómo se amontona en los rincones del jardín. ¡CLANK! Eso no es granizo. Y tampoco está precisamente cayendo, sólo flota, y se cruza en su camino la cubierta de la estación. ¡Clink! ¡CLANK! Ahora lo ves claramente: lo que produce esos extraños ruidos son rocas. En principio, te impresiona la diversidad de tamaños, hasta que tratas de ver más allá del cristal que te separa del inerte entorno. Son cientos. No. Miles, probablemente cientos de miles de rocas viajando a la deriva, escurriéndose entre las estrellas, acompañando en una danza fatal la trayectoria errante del Stardust. Has entrado a lo que parece ser una nube de asteroides.

Sabes que estás en un verdadero y por demás inusual predicamento. Las nubes de asteroides son formaciones tan raras dentro del universo que casi rozan el estatus de leyenda. No son como los cinturones, que navegan sobre una órbita, sino que se mantienen dentro de una ruta errática, tanto que son muy escasas las apariciones de las que se tiene algún registro. Y los que se tienen tampoco son tomados demasiado en serio. Se dice que estas nubes podrían ser el origen de algunos cometas. Incluso, se dice también, que muchos asteroides con órbitas notablemente excéntricas terminan así, y muy probablemente son cometas que ya se han extinguido.

Todo sucede tan rápidamente que apenas logras darte cuenta. Has visto una enorme mancha gris aproximándose hacia ti, creciendo a cada segundo, chocando contra la techumbre de la estación. Tal como lo temías, no ha resistido. Fragmentos de cristal, escombros, roca, metal. Todo aquello que no forma parte del piso o las paredes es succionado por el vacío que ha dejado el imponente asteroide después del impacto. No sabes exactamente cómo has llegado ahí, pero logras aferrarte a una columna para no ser jalado por la negra inmensidad del universo. El fuselaje del Stardust comienza a desprenderse de la estructura, como si de una cáscara de fruta se tratara. Ahora sólo es cuestión de segundos para que tú también te pierdas en ese caos. Las reflexiones que hasta apenas hace unos minutos hacías sobre tu vida de pronto carecen de sentido. Mientras tus dedos sudorosos se sueltan uno a uno del borde de la columna, no puedes dejar de pensar en la decepción que te causa no cumplir el objetivo que has perseguido durante tantos años. Te devora la impotencia de saber que todo termina aquí. Te niegas a creerlo. La angustia recorre tu rostro como un cosquilleo líquido salido de tus ojos. Al menos lo intentaste. Ya no puedes sostenerte más y terminas por dejarte ir. ¿Por qué tiene que ser así? No lo entiendes. Gritas como nunca lo has hecho, sabiendo que nadie puede escucharte. Gritas con los ojos cerrados. Algo te golpea la cabeza y te desvaneces en la oscuridad de la nada.

Please could you stay awhile to share my grief
For its such a lovely day
To have to always feel this way
And the time that I will suffer less
Is when I never have to wake

Wandering stars, for whom it is reserved
The blackness of darkness forever
Wandering stars, for whom it is reserved
The blackness of darkness forever


20110131

El Cometa IX: La niebla y el halcón.

Yo era el del mapa. Siempre me gustó tener la sensación de control sobre la dirección de mis pasos. Como consecuencia, me hacía acreedor de cierta antipatía por parte de mis compañeros de excursión, entre ellos Josef Herz. Bueno, lo de él no era antipatía como tal. Él sólo se reía de mis precauciones, excesivas desde su punto de vista. No era que no le diera importancia a mi opinión, al contrario: en el fondo, sabía que yo tenía razón. Por eso me decía: "¿Y dónde está entonces la diversión de la incertidumbre? ¿cuál es el punto de explorar estos parajes, si no tenemos la posibilidad de encontrar cosas nuevas e interesantes? Ven, Nikolai, caminemos unos cuantos kilómetros más. De todos modos, si algo llegara a pasar, podremos recurrir a tu excelentemente detallado mapa ¿de acuerdo?". A regañadientes, terminé cediendo. Al final, yo sabía que Josef valoraba lo que yo pensaba, pero quería llevar nuestro recorrido más allá, doblando un poco las reglas, incluso rompiéndolas a veces. Sólo intentaba conciliar al grupo y nada más.

Seguimos entonces con nuestra travesía por las montañas de Khaadelap, una de las regiones más inhóspitas de Araj. O al menos lo sería sin un mapa como el mío, claro está. Con la ayuda de nuestros satélites, se podía obtener información precisa de la topografía del lugar, estudios hidrológicos, vegetación, incluso especies de fauna local. Solamente hacía falta reunir todos los datos, interpretarlos, clasificarlos y vaciarlos en tablas, gráficas y matrices, hasta armar un informe cartográfico tan preciso que no daba lugar a situaciones imprevistas como extravíos o accidentes. A la fecha, no oculto el orgullo que me causa haber sido el autor de tan célebre trabajo. Se necesitaba un alto grado de imprudencia para hacer caso omiso de un mapa como éste y aventurarse sin más en las montañas. Imprudencia que, al parecer, estábamos dispuestos a cometer.

Nos encontrábamos en un claro del bosque al pie del monte Yume, formación rocosa que había adquirido cierta fama por ser envuelta en una extraña neblina sin razón aparente, y decidimos pasar ahí la noche. Ante nosotros teníamos un largo día, pues pretendíamos comenzar a escalar a primera hora de la mañana, justamente para intentar descubrir el origen de la misteriosa niebla. Nos levantamos con los primeros tintes lilas en el cielo, teniendo como prioridad llegar por lo menos a la mitad del ascenso para el mediodía. Tras un par de horas de haber comenzado nuestra caminata estábamos bastante optimistas, pues el clima había resultado muy favorable. No se había presentado ningún contratiempo; incluso decidimos darnos el lujo de tomar un pequeño descanso. Debo admitir que picó mi orgullo el hecho de que todo hubiera transcurrido según el plan sin necesidad alguna de mi mapa, aunque mi humor terminó por mejorar después de un almuerzo entre las rocas, contemplando el valle extendiéndose a nuestros pies. En ese momento me congratulé por haber apoyado la decisión de Josef y dejado un poco de oportunidad al azar. Aunque, claramente, yo no podía saber que el mismo azar nos haría vivir una anécdota por demás peculiar. Y ya para que un hombre de ciencia como yo, Nikolai Grund, admita eso, es bastante decir. Durante años he tratado de encontrarla, pero a la fecha no he dado con ninguna explicación lógica, o siquiera coherente, para lo acontecido en ese risco.

Habíamos cumplido nuestro primer objetivo y llegamos a la mitad del monte cerca del mediodía. Tomaríamos otro pequeño descanso, puesto que ahora comenzaría la parte complicada del trayecto. A partir de este punto, el peñasco se convertía en una maraña de túneles, cuevas y precipicios, por contar sólo algunos peligros. Se decía que quienes se habían aventurado a subir más allá habían regresado con una condición mental tan trastornada que difícilmente podría decirse que seguían siendo ellos mismos. Y eso era en el caso de los pocos que habían regresado. Dadas las circunstancias, no era precisamente sabio avanzar sin luz de día, por lo que habíamos acordado pasar la tarde buscando una cueva propicia para refugiarnos hasta el amanecer y entonces continuar con nuestra investigación al día siguiente. Encontramos un lugar adecuado cuando el sol comenzaba a ocultarse y alrededor solamente podían distinguirse siluetas oscuras y extrañas de las demás montañas, coexistiendo con la mancha oscura e indefinida que ahora era el valle kilómetros abajo. Encendimos una fogata, organizamos las guardias y nos preparamos para dormir. Debo confesar que para entonces yo ya no estaba muy seguro de seguir con la expedición. Comenzaba a preocuparme, aunque no podía asegurar por qué. Éramos seis personas en el grupo, lo cual parecía ser suficiente como para hacer frente a un posible peligro, y había quedado demostrado que lo era para avanzar rápidamente. Pero había algo en el aire que me daba mala espina. De nuevo mi mente me estaba reprochando no haber seguido el mapa. Decidí hacerle caso a mi orgullo: si Josef no sugería regresar, no sería yo el primero en acobardarse. Pensando en esto, la gravedad se apoderó de mis párpados, hasta que se cerraron completamente.

Un murmullo constante me hizo abrirlos de repente. Parecía que el viento me estaba jugando una mala pasada. Me disponía a dormir de nuevo, cuando lo volví a escuchar. Semejaban voces acompañadas de música, aunque no entendía una palabra de lo que decían. Intenté descifrarlas hasta que callaron. Ahora sí estaba despierto. Mi reloj marcaba las tres de la madrugada. Hacía mucho frío y nuestra hoguera se había extinguido. Todos dormían. O casi todos. Faltaba Josef, quien casualmente tendría que estar haciendo su guardia a esa hora. Esto fue lo que realmente terminó por levantarme de mi lecho. Él no era del tipo irresponsable ni mucho menos, y por eso me extrañó mucho su ausencia. Consternado, decidí salir a buscarlo. Otra vez las voces. Esta vez susurraban más insistentemente. Con la esperanza de conseguir alguna pista del paradero de Herz (y de que se callaran), las seguí. No bien salí de la cueva, cuando descubrí un destello de luz ladera arriba, al parecer la fuente de los murmullos y la música. No sólo eso: a lo lejos pude discernir una silueta avanzando hacia la luz. Era él: "¡Josef! ¡Josef!" Lo llamé sin cesar y sin respuesta. Avancé rápidamente tratando de alcanzarlo. Conforme lo hacía, el resplandor aumentaba en intensidad, y las voces también. Descubrí que la música era sólo el resultado del juego tétrico del viento entre los árboles y los pasadizos rocosos del lugar. Nada tranquilizador.

Por fin lo alcancé. Josef estaba de pie al borde de un abismo que servía de separación entre nuestra montaña y una muy cercana (el monte Suisei, no menos misterioso, por cierto). Me detuve a su lado: "Herz, ¿qué diablos haces aquí?... ¡Herz! ¡Josef!" Pero por más que lo llamaba, no me escuchaba. Su mirada estaba fija en la pared de roca que se hallaba cincuenta metros frente a él. Ahí se había detenido el destello de luz que había estado siguiendo. Parecía haberse fundido con la roca, concentrándose en un pequeño círculo girando sobre sí mismo. Entonces sucedió. El círculo se convirtió en un diminuto remolino brillante, creciendo a cientos de revoluciones por minuto, hasta que pronto la superficie lisa de la roca se coloreó de dorado, formando una especie de nube resplandeciente que se desprendió de ella, flotando entre una montaña y la otra, justo frente a nuestros ojos. Mientras tanto, y tardé un poco en darme cuenta de esto, la famosa niebla objeto de nuestra excursión había estado subiendo desde el precipicio, extendiéndose a nuestro alrededor y envolviéndonos en una cortina de tintes grises y violetas, tan alta que no podía ver el cielo más que como una insignificante mancha negra sobre nuestras cabezas. Por si esto fuera poco, las voces cada vez hablaban más claramente, casi como si se deslizaran por nuestros oídos. Al fin entendí, al menos, el idioma que hablaban: era griego. No soy ningún experto en esta lengua tan antigua (tanto que en este planeta era muy raro encontrarse alguien que la hablara), pero sí conseguí comprender una palabra: "Melpómene". Al mismo tiempo, la nube de luz no había dejado de transformarse. En lo que supongo fueron algunos minutos, tomó la forma de un ave gigante: un halcón extendía sus alas y empezaba a agitarlas dominando toda la escena, montando una excepcional coreografía con la niebla. Las voces, la niebla, la luz, la música del viento. Todos los elementos se reunían en un acto tan increíble como revelador. Porque comprendimos en ese instante que se trataba del conjunto de las almas que se habían quedado aquí atrapadas, esperando encontrar su destino en estos parajes. Por eso pocos regresaban. Por eso quienes lo hacían, se habían perdido en sí mismos. Así, el halcón agitaba sus alas cada vez más rápido, absorbiendo todo a nuestro alrededor. En un momento, todo se fundió en un gran resplandor, y las voces pronunciaron ese nombre al unísono: "Melpómene". El halcón fue desvaneciéndose en una línea de luz que se prolongaba hacia arriba y en diagonal, hacia las estrellas, hasta que se fundió en un punto de luz y desapareció. De pronto, todo fue silencio. Silencio. Y un par de sabios con cara de tontos, recién descubriendo algo para lo que no tenían respuesta.

No supimos cómo reaccionar, ni qué hacer. Regresamos al campamento sin decir una palabra y tratamos de dormir. A la mañana siguiente emprendimos el regreso a casa. Por alguna razón no nos fue difícil convencer al resto del grupo. Tal vez habían presenciado algo parecido en sus sueños, tal vez no. Lo cierto es que ya no se veían entusiasmados con seguir la investigación. Sabían que algo no andaba del todo bien, y no insistieron. Por nuestra parte, Josef y yo no volvimos a hablar del asunto. Pero sí pude notar un cambio en él. Durante años, se ha dedicado a buscar algo diferente en el universo. Aunque sus contribuciones a nuestra comunidad han sido de inmenso valor, se ha ganado la fama de "extravagante" a causa de sus teorías. Y, al no encontrar resultados contundentes que las avalen, lo he visto abatido y frustrado por momentos. Después, desarrolla otra hipótesis igual o más loca que la anterior. Yo sé lo que busca. Quiere encontrar el destino de esa luz, de esa... estrella. Por eso, cuando surgió el cometa, se emocionó tanto con las posibles implicaciones. Por eso cree tanto en su misión de seguirlo. Él está convencido de que no fue casualidad haber sido testigos de tal fenómeno, y ha dedicado su vida, como él dice, a "hallar una explicación para su destino". Irónicamente, yo creo que sólo fue suerte. Sí, me inquieta pensar en el suceso, pero no lo considero más que producto del azar. Me cansé de buscar datos donde no los hay, así que me he dedicado a registrar tantos como he podido, dentro de mi alcance. Lo que pasó ese día tal vez dividió nuestras opiniones sobre el mundo, pero nos acercó más como seres humanos. Por eso, ya que no pude disuadirlo, me habría gustado acompañarlo. Después de todo, yo era el del mapa.

20101209

El Cometa VIII: Nuevo comienzo

Sintió la humedad en sus ojos. Sintió como la pena se transformaba en esperanza y se agolpaba detrás de sus pupilas, llenándolas hasta el punto en que ya no pudo resistir y un par de lágrimas formaron veredas en la piel de su rostro. Entonces quiso bañarse en esa esperanza, en esa claridad emanando del diario del capitán. Josef Herz bien podía ser un científico pero, antes que cualquier cosa, era un hombre. Y acababa de encontrar algo que ya había dado por perdido: su propósito.

¿Qué es un hombre sin un propósito? Se preguntó. Una masa de moléculas agrupadas de cierto modo para ocupar un espacio. Un grupo de átomos y genes con personalidad. Un animal bípedo consciente, dicen que capaz de amar como resultado de una serie de impulsos químicos. Pero, sin un propósito, la levedad de su alma es insoportable. Sin un objetivo, su conciencia navega en un mar de ambigüedad y antipatía.

Josef decidió que no quería ser un ente muerto en vida, tan sólo existiendo, sobreviviendo el inexorable paso de los años. Después de leer algunas páginas del cuaderno del capitán Andoni, no pudo evitar identificarse con él. Incluso, tal vez, podrían haber sido amigos. Podría ser que ya sentía haber adquirido cierta complicidad con él, como la de dos viajeros perdidos y atormentados cuyos recorridos se entrelazan. Nunca había conocido a alguien con tanta determinación por conseguir lo que quería. Vaya, ni siquiera la obstinación del Dr. Grund, siempre empeñado en demostrar sus hipótesis, podría compararse a la del valiente astronauta.

Puede ser que la causa a la que se aferra sea una causa perdida. Puede ser que él se haya perdido desde mucho tiempo antes de perseguirla. Ha estado viviendo en un valle de incertidumbre, deambulando entre estrellas y planetas, desgajando las nubes en vanos intentos por salir de ahí. Tiene miedo. Como a cualquier hombre de ciencia, le asusta la idea de no tener el control, de que existan variables con las que no contó. ¿Y si el cometa que tanto desea encontrar se ha extinguido, desintegrando todas sus esperanzas a la vez? ¿Y si sencillamente chocó contra un planeta, o incluso contra un sol, dejando tan sólo un rastro confuso de piedras violáceas esparcidas por el universo? ¿No era ése, al fin y al cabo, el destino final de los cometas? Demasiadas preguntas. Demasiados caminos. Todo se reduce a dos opciones, ninguna más alentadora que la otra. La primera es seguir el ejemplo de Andoni: continuar con la misión hasta el final, combatiendo los fantasmas de las posibilidades infinitas del destino. La segunda: reparar el tablero de navegación de la nave y tratar de regresar a casa, o al menos a lo más cercano a esa definición, sabiendo que terminaría sus días peleando con su conciencia sobre una meta inconclusa.

No. No dejaría que su alma volviera a consumirse en un laberinto de memorias y probabilidades. Nunca más permitiría que las imágenes cotidianas atravesaran borrosas sus ojos. Sus ojos heridos por la ausencia. Y la ausencia acompañándolo siempre, como una gran contradicción. A contratiempo seguirían transcurriendo los años, disolviéndose tan vagamente como habrían llegado, dejando vestigios de hielo y distancias irregulares.

Resuelto, Josef tomó el diario y las diminutas rocas, guardándolos en la caja donde los había descubierto. La cerró cuidadosamente y se incorporó. Se aferró a su nuevo tesoro, como si su vida dependiera de ello, y salió del camarote. Tal vez no estaba tan equivocado: una vez más, estaba adoptando la esperanza como combustible para su viaje. Anduvo errante entre pasillos derruidos, máquinas escupiendo cables y chispas, y bodegas aún humeantes tras la destrucción que dejaron los piratas espaciales, hasta que se enfrentó a una encrucijada más (como si no hubiera tenido suficientes). ¿Debía volver a su cápsula e intentar emprender de nuevo el camino, aunque con coordenadas prácticamente definidas al azar? ¿O quizá sería una mejor opción permanecer en la estación? Al menos aquí aún había provisiones suficientes. Para cuánto tiempo, no lo sabía con exactitud, pero estimaba un par de meses, racionando todo cuanto le fuera posible. De quedarse en este lugar, podría investigar posibles destinos para su viaje o, incluso, intentar seguir el rastro de los piratas, en busca de una oportunidad de ampliar su colección de polvo cósmico. Sólo había un pequeño inconveniente: la plataforma interestelar no sería nada fácil de mover. Aún con el suficiente combustible, necesitaría la tripulación adecuada para desplazarse hacia cualquier sitio. Sólo quedaba una cosa por hacer...

Era una locura, lo sabía. Se decidió por una tercera opción: se movería sin moverse. Desactivando los campos gravitacionales, podía procurar que la estación flotara. Aunque, eso sí, sin un curso definido. Esperaría, a la deriva, hasta llegar lo suficientemente cerca de algún planeta como para ser atraído por él y, justo antes de estrellarse en la superficie, escapar en la nave y tratar de aterrizar. Entonces ya vería cómo arreglárselas. Lo que el Dr. Josef Herz estaba a punto de hacer era una locura, sí. Ciertamente, no sabía qué esperar. Pero a estas alturas, ya no se trataba de esperar, sino de vérselas con su destino. Y para eso, estaba dispuesto a intentar cualquier cosa.

Now I'm ready to start
I would rather be wrong
than live in the shadows of your song
My mind is open wide
and now I'm ready to start
Your mind surely opened the door
to step out into the dark
Now I'm ready.

- Arcade Fire

20101025

El Cometa VII: The journey is the destination.

Heidelberg, Alemania. 27 de julio de 2208

Cinco meses. Cinco meses y diecinueve días han pasado desde mi primer y único encuentro con Melpómene. Sí, lo sé. No es exactamente normal ponerle nombre a un cometa, al menos no para la gente común y corriente, como yo. Sencillamente no lo pude evitar. Debe existir en este mundo algún astrónomo que lo haya visto desde su telescopio y lo haya nombrado de una forma menos coloquial; muy posiblemente con un número, tal vez un par de letras. Pero al menos me quedará siempre la satisfacción de saber que mi ocurrencia fue infinitamente más adecuada. Después de todo, desde ese día tengo impulsos recurrentes por escribir. No lo hago diario, y no siempre las páginas logradas sobreviven. No sé si mis líneas tienen un grado de coherencia, como tampoco tengo la certeza de que alguien las leerá algún día. Sólo espero que sirvan para explicar esto que me pasa. Sólo quiero vaciar mi mente en el papel; mi sangre se diluye en tinta y los trazos flotan como hilos de recuerdos. Melpómene es la musa de mi tragedia.

¿Cuántos caminos he recorrido? Aunque lo intentara, no podría decirlo con exactitud. Mi travesía comenzó en Cataluña, o lo que queda de ella, tras ser bombardeada durante la Guerra del Estatut en el 2106. A lo largo de mi paso por la región, he conocido pueblos en reconstrucción y ciudades cuyas calles se resquebrajan en añoranzas de paz. Entre villas y viñedos, atravesé Francia, sin encontrar lo que he estado buscando desde mi partida: polvo cósmico. Lo extraño del caso es que ni siquiera estoy seguro de que un puñado de piedras que nunca he visto pueda recrear lo que pasó esa última vez. El cielo era rojo, casi color púrpura, y llovía. Justo como ahora. La diferencia es que ahora me siento mucho más solo que antes. Llevo semanas sintiendo cómo este vacío crece y me carcome las entrañas lentamente. Como si el cometa se hubiera llevado algo de mí, no sé qué todavía. Algo importante. Mi risa, tal vez. Mis lágrimas. El significado de mi mirada. Mi certidumbre. Es algo tan abstracto que consume mi respiración. Y lo hace tan furtivamente que, cuando me doy cuenta, ya se me escapó un suspiro.

Ayer soñé que no me había rasurado. Ni la barba, ni las ideas, ni el tiempo. De repente era el mismo de hace unos años. Apenas había entrado a la Academia Espacial y tenía por delante siete años de cursos, teorías y prácticas. Al final, todo salía bien: me graduaba con honores y me convertía así en astronauta de la European Space Agency. Lástima que fue sólo eso: un sueño. Cuando desperté, recordé que en realidad había viajado tan lejos como me había sido posible de ese mundo. O tal vez era una excusa para huir de la posibilidad de descubrir otros mundos. Lo cierto es que tenía miedo de convertirme en un viajero de casualidades inconclusas. Alguien con miles de kilómetros a cuestas, con cientos de paisajes en la maleta, pero sólo un puñado de recuerdos de cada lugar que había visitado. Quizá ni siquiera eso. Sentía que si me alejaba en pos de otros planetas dejaría de apreciarme a mí mismo dentro de éste. Me perdería dentro de un entorno tan cambiante que no alcanzaría a reconocer los pequeños pedazos de coherencia en él. Como cuando armas un rompecabezas y te encuentras dos piezas totalmente opuestas: de distinto color, tamaño y forma. Y aún así, sabes que pertenecen a la misma imagen fragmentada. No importa tanto qué piezas escojas para empezar, ni el orden en que decidas unirlas, si después de todo estás a gusto con el resultado.

Ahora mismo, me veo tentado a sentarme en una banca de piedra para descansar. En lugar de eso, solamente me detengo tras la cortina de agua creada por los brazos de un árbol para contemplar el implacable discurrir del río Néckar a través de los puentes, que sólo son testigos de su determinación. Frente a mí, a un par de kilómetros pendiente abajo, se encuentra el inconfundible Alte Brücke, entrada a la parte antigua de la ciudad. Al fondo se eleva el castillo de Heidelberg como un guardián cansado que ha visto de todo al pasar de los siglos. De pronto, las nubes sobre él emprenden la retirada, y resurgen los instantes perdidos como aves cantando, haciéndome regresar a este presente improvisado. Entonces reanudo la caminata que había postergado para cederle unas horas a mis pensamientos. Sé que seguirán cayendo como las hojas del otoño, lejano aún. Sé que en algún momento tendré que lidiar con ellos, recogerlos antes de que se amontonen y me sea imposible decidir cuáles son dignos de guardar, o cuáles merecen ser desechados. Y mientras mis pies continúan guiándome a lo largo de la Philosophenweg (la Vereda de los Filósofos), todo empieza a recobrar el sentido.

Sí, todo parece más claro ahora. Tanto como los rayos de sol que recién se asoman entre el verde de las hojas, luchando por devolverle el color a este paraje deslavado por la lluvia, que comienza a refugiarse en la memoria de caminantes como yo. La luz y las respuestas se filtran por las ramas. Gradualmente se esfuma la palidez de una conclusión que tardó meses en llegar. Habitaba en lo profundo de mi alma; me hacía dormir con los brazos extendidos y el corazón encogido. Soy consciente ahora de que uno no elige las distancias que recorre, ni las piezas que le tocan para armar. Igual que no escogí el destino de este diario, sino él a mí. Al fin entiendo que ella es más fuerte que yo. Esta fuerza de gravedad empeñada en controlar mis acciones, que fluye en mi sangre como el opio de mi ansiedad. Pues bien: he decidido no andar errante por el mundo, buscando certidumbre en un rastro de pequeñas rocas espaciales. Tal vez la última pieza de mi rompecabezas no está en este planeta. Tal vez fue justo eso lo que me robó el cometa: la última pieza de mi cordura. Ya no importa. He decidido recuperarla... Creo que estoy hablando como enamorado. Concluyo entonces: si por amor he de seguir caminando, caminaré. Si por amor he de seguir escribiendo, escribiré. Si por amor he de buscar ese cometa, al menos para acercarme fugazmente a su estela, lo buscaré. Sólo así sentiré que pertenezco a un motivo. Sólo así estaré, por fin, viviendo.

Andoni

Life is what happens to you while you're busy making other plans.
- John Lennon




20101011

De semanas y estaciones


Lunes. No sabes si despertar o quedarte dormido. No sabes si enfrentarte a la monotonía de la realidad. Ni siquiera estás seguro de que ésta sea la realidad. Sólo sabes que existes, sí, pero: es estar aquí todo lo que quieres?No te gustaría moverte, viajar, recorrer países? O mejor, crear nuevos mundos?

Terminas por despertar y decides que el rompecabezas que has estado intentando resolver está en tu mente y nada más. No hay piezas, aunque sí hay huecos sin llenar. Escribes, esperando rellenar ese vacío con palabras ligeras escogidas al azar. Escribes, esperando. Escribes esperanza. Después lo que lees parece no tener demasiada coherencia. Tal vez sólo la tiene cuando tu mente va dictando a tus dedos los pasos a seguir. En ese preciso instante en el que tu universo se calla y lo único que escuchas es tu voz en el interior de tu cabeza. Pones atención a su relato, pero lo haces a medias, porque tienes temor de que tus sueños se mezclen demasiado con tus secretos, y ya no distinguir unos de otros, hasta el punto en que se fundan y tengas que gritar para sacarlos.

Las mañanas y las noches dialogan en un conteo infinito de postes de luz. Las semanas transcurren sin inmutarse, como en cables de teléfono a través de una ventana de este tren de incertidumbre. Las mañanas y las noches dialogan en un conteo incesante de tardes, estaciones y caminos.

Y mientras transitas por esta irrealidad, tratas de refugiarte en una sonrisa que te devuelve la cordura que no quieres. Sólo quieres mirarla fijamente, y conversar de tardes y recuerdos. Quieres saltar del tren con ella para viajar a un mundo nuevo y a la vez conocido. Quieres dejarte de palabrerías insulsas. Así tal vez un día puedas partir de la estación de sus ojos, y quizá puedas llegar al destino que encierra su boca.

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20100920

Hoja en blanco

Una hoja en blanco puede conducir al vértigo. Cuando me siento a escribir trato de no pensar en nada pero, si he de ser sincero, termino por distraerme ante la menor provocación. Tal vez mi distracción sea involuntaria, tal vez no. Dentro de las líneas que van apareciendo en pantalla habita una parte de mí. Incluso podría atreverme a decir que, una vez estando frente al texto, me cambia la cara. Mi expresión es muy parecida a la que puedo ver cuando me miro al espejo. Podría decir que soy yo mismo, y nada más. Y nada más importa, porque entonces es como si intentara establecer un diálogo conmigo, desde el teclado de una computadora, que conozco tan bien como mi voz.

El único problema de esta interacción es la frecuente manía de mi otro yo, el mental, de hablar en un idioma a veces incomprensible. Como si no pudiera decir una sola cosa al mismo tiempo. Como si en lugar de un sólo reflejo, hubiera decenas de ellos. Y los hay. Pienso que quien habla a través de mis dedos es una especie de representante de todos. Quizá es quien ha ganado la partida en ese momento, según mi estado de ánimo. Y cuando ganan la apatía o la indiferencia... bueno, es suficiente decir que la hoja seguirá en blanco.

Es precisamente esta condición de pertenencia hacia mí la causante de que las palabras a veces se rehúsen a materializarse. En lápiz, en tinta, en bytes. Cada letra es un pequeño trozo de mi mente. Incluso de mi alma. Entonces, no quiero escribir lo primero que se me ocurra, porque eso supondría correr el riesgo de perder el control sobre lo que se lee de mí. Como si cada árbol del bosque de mi mente perdiera una hoja al azar. Por supuesto, no puedo decidir qué hoja habrá de desprenderse, eso sí será un misterio para mí, al menos hasta que termine de escribir. Pero al menos sí puedo elegir el árbol del cual caerá.

Debo confesar que sí he escrito sin pensar. Alguna vez lo hice con tanta frecuencia que mis ideas se agolpaban en mi cabeza, torrentes de sangre y electricidad, desesperadas por salir. Y no es malo dejarse llevar. Nunca lo es. Los problemas vienen cuando se pierde la noción de pertenencia de la que he hablado. Porque las palabras, al brotar desde impulsos nerviosos de los músculos y huesos de mis manos, nerviosos impulsos son. Se asemejan a notas musicales sin un pentagrama donde alojarse. Desordenadas, sin un lugar donde vivir. Sin destino, sin motivo. Pinceladas de recuerdos sin un color definido. Y las gotas de lluvia de mis sueños escurren entre los párrafos, tratando de encontrar un significado. Un destinatario que pueda leer un mensaje traducido de un idioma a veces incomprensible. La hoja en blanco se convierte en una botella navegando en un mar de incertidumbre. A la espera de ser hallada, sobreviviendo tormentas. Haciéndole frente a las circunstancias.

Una hoja en blanco puede conducir al vértigo. No sé si escribiendo lo supero. Tan sólo sé que es una sensación tan embriagante como tratar de descifrar el secreto de unos ojos cafés bajo el sol matutino de otoño.

20100622

Lluvia de meteoros (El cometa, parte 6)


Saint Feliu de Llobregat, 8 de febrero de 2208

Hoy fue un día común y corriente, excepto por un evento en particular. En realidad, trato de no darle demasiada importancia. Después de todo, ¿quién se fija en el cielo en estos tiempos? No debe haber sido nada relevante. Bueno, admito que era una extraña combinación de luces y colores. Nada del otro mundo, tomando en cuenta que eso podría atribuirse fácilmente a nuestra espeluznantemente contaminada atmósfera, dependiendo de la hora del día y la estación del año.

Miento. No tengo idea de a quién trato de engañar. Desde el principio me parecía que había algo raro en el ambiente, sabía que éste sería un día especial, o por lo menos, no tan común. Además del habitual tono amarillento de nuestro cielo, algo llamó mi atención. Usualmente habría sentido el calor del sol bajo la planta de mis pies, y la brisa escurriéndose entre mis dedos como agua corriendo río abajo entre guijarros. En un día cualquiera, habría escuchado el silencio persistente de mis sueños acechando mi mente. Pero hoy no: hoy el aire se sentía más denso que de costumbre, como si hubiera reunido a su paso la ansiedad de todos con quienes se cruzaba en su camino, reuniendo el barro de sus conciencias y esparciéndolo indefinidamente.

Entonces sucedió. Primero una, dos, tres diminutas explosiones casi imperceptibles entre las nubes. Después, fueron aumentando tanto en tamaño como en intensidad, invadiendo la palidez circundante con colores: azul, violeta, negro, naranja. Semejaban gotas de tinta salpicando una hoja en blanco, desvaneciéndose poco a poco mas no del todo, dejando una huella indeleble tras de sí.

Naranja, bermellón, escarlata, carmín, sangre. Al final, el manto amarillo se desgarró y de él sólo quedaron algunos jirones dispersos entre el vino derramado por la fatalidad. Y entre matices de rojo y violeta, se formaron nubes azules de tormenta, que reventaron sin más. Lo que siguió fue una atmósfera húmeda de tristeza y tranquilidad simultáneas. Casi de desolación. Al menos a eso sabían las gotas de agua que mi lengua se atrevió a probar. Nunca sabré si este acto terminó por condicionar mi vida, o si mi alma se condenó con la visión que, a lo lejos, se presentó ante mis ojos.

Comenzó como un punto blanco. Gradualmente fue creciendo, hasta convertirse en una masa incandescente, visible a varios kilómetros. Caía entre nubes de vapor formadas a partir del contacto del agua en su superficie. Estrepitosamente, se impactó contra el suelo y lo atravesó cual recuerdo al corazón. Fue el primero de muchos. Los meteoritos continuaron descendiendo, perforando la tierra, sin dejar más rastro que pequeñas e intermitentes heridas.

…Y ahí estaba: miles de kilómetros por encima de mí, había una diminuta franja de luz haciéndole compañía al viento. Implacable, definitiva. La primera vez que la vi resultó ser una suerte de aventura insensata a la que muy pronto habría de sucumbir. A pesar del entorno a priori tan poco alentador, me di cuenta que el cometa tenía un efecto especialmente relajante sobre mí. Pocas veces me había sentido tan… tan… tan yo. Lo curioso, no obstante, es que ahora no puedo concebir mi vida como lo hacía antes. Siento como si uno de esos meteoritos se hubiera insertado en mis huesos y músculos, creciendo indefinidamente. ¿Quién sabe? Tal vez algún día el silencio insistente de mis pensamientos se convierta en un grito, provocando una reacción en cadena que me haga estallar.

Andoni

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Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5